martes , 21 mayo 2019

Santa Fe no pudo y Millos no quiso: 0-0 en el clásico

Empataron en la fecha 19 de la Liga. Los cardenales terminan su temporada de local sin victoria.

Para que un clásico sea un clásico necesita de su dosis de angustia, el toque de drama, la mínima porción de tensión. De lo contrario, apenas es un partido entre el primero y el último. Entre uno que no tiene nada que perder y otro que no tiene qué ganar. Santa Fe y Millonarios jugaron un simulacro del clásico bogotano. En la cancha estaban las camisetas rojas y azules, pero con ellas no pasó nada: 0-0.

Rodó la pelota y solo había una certeza: que Santa Fe era último y Millonarios, el primero. Era un partido de extremo a extremo, con 24 puntos de diferencia, pero jugaron como si fueran el último y el penúltimo, a no hacerse daño, a no perder. Millonarios no arriesgó lo que no tenía que arriesgar; Santa Fe no lo hizo por no tener muchos medios para ello. Mientras que Millonarios se conformó en el primer tiempo con un túnel de Mackalister Silva a Arboleda, un lujo innecesario, Santa Fe se conformó con irse al descanso en ceros. Un lujo que da vergüenza.
En el cronómetro apenas iban 40 segundos cuando Santa Fe quiso dejar en claro su papel en el partido, que era el colero, que ha tenido un año en el que todo lo que le puede salir mal le sale mal. El arquero Banguera, inocente, se dejó sorprender por la presión rival; su intento de despeje pegó en Lasso y casi termina en su propio arco. Una pifia. 40 segundos y el técnico Gerardo Bedoya ya se cogía la cabeza, el mentón, la cintura…

Los clásicos necesitan goles, o al menos intentos de goles; que haya disparos y que los arqueros vuelen y se arrojen al pasto y saquen balones milagrosos. Pero lo que hubo en esos primeros 45 minutos fue apenas un remate de Seijas que el arquero Faríñez atajó como si estuviera en un entrenamiento: puños cerrados y balón a un costado. Sereno.

A Santa Fe no le sale nada, no le sigue saliendo, por más que lo intente. O cómo explicar que haya tenido dos remates en los palos, ¡dos! Torijano tuvo un cabezazo que en cualquier otro campeonato sería gol, pero no en este; en este, la pelota fue al travesaño, y eso ya no le extrañó a nadie. Y luego fue el pelado Dylan Borrero que remató a un vertical un tiro que en cualquier otro torneo hubiera sido gol, no en este. Lo único que podía hacer la hinchada cardenal era mirar al cielo y rogar para que el campeonato se acabe ya.

Y, mientras tanto, Millonarios mantuvo un ritmo cansino, como si este intento de clásico no le interesara, como si no quisiera un desgaste innecesario, como si no fuera el flamante líder, como si no enfrentara al colero. En el primer tiempo no pateó ni una sola vez al arco. En el segundo, tampoco. Dejó que su rival tuviera el balón, que se acercara, que le levantara la pelota con peligro, como si supiera de antemano que Santa Fe no le iba a poder anotar. Lo más cerca que estuvo Millos de ganar el partido fue por un penalti que no le pitaron…

Y si el partido entre 11 contra 11 era flojo, fue peor cuando quedaron 11 contra 10, porque Millonarios perdió por expulsión a Jaír Palacios y ya no quiso saber más del juego; quería irse al vestuario a pensar en la última fecha, en la siguiente fase, en lo que viene.

Al final, Millonarios sigue primero, intacto, ahora con 38 puntos, y Santa Fe sigue último, sin ganar en Bogotá, y ahora con 14. Todo eso se sabía sin necesidad de jugar ese conato de clásico en el que no pasó nada.

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